La Olimpiada Filosófica en Castilla y León por Miguel Santa Olalla | Es Filosofia

Miguel Santa Olalla es profesor de Filosofía de Enseñanza Secundaria y ha dedicado parte de su tiempo a diversos temas filosóficos: teoría de la racionalidad y filosofía de la economía (sobre ello escribió su tesis doctoral), la Escuela de Frankfurt (especialmente autores como Adorno y Horkheimer), problemas de estética, relación entre filosofía y literatura, mecanismos de poder… y, por supuesto, la enseñanza de la filosofía.
Además desarrolla una actividad nada desdeñable en la didáctica de la Filosofía en su página web http://www.boulesis.com en la que se encuentran contenidos de selectividad, apuntes, comentarios de filosofía resueltos, etc.
Por otro lado es responsable de la Olimpiada filosófica en Castilla y León, certamen que ya cumple VIII ediciones y que está dirigido a alumnos de bachillerato de Castilla y León con la colaboración desinteresada de distintos docentes y la Univesidad de Valladolid y Salamanca, que trata de fomentar una mirada más abierta a la filosofía conectándola con la actualidad y cotidianidad de los alumnos.

Una tendencia nada extraña dentro del profesorado de filosofía y de la sociedad en general es la de pasar por alto algunas de las capacidades de los alumnos. Qué le vamos a hacer: nos dejamos llevar por el derrotismo. Que hay alumnos buenos en clase es algo que todos sabemos. Pero que haya un interés general en la clase por las cuestiones filosóficas es más que dudoso: el profesor de filosofía se enfrenta a menudo a múltiples enemigos. Desde la propia sociedad, que nunca valora la filosofía en su justa medida, a las familias: “Pero hijo, ¿Qué es eso de la filosofía? ¿Qué estudiáis ahí?”. Preguntas que, si hemos de fiarnos de los alumnos, se plantean en más de una casa y en más de dos. Esto explica, entre otras cosas, por qué la filosofía parece vivir una situación permanente de necesidad de legitimación. Pero también esta experiencia está en la raíz de una iniciativa que pusimos en marcha en Castilla y León hace ya ocho años: la Olimpiada Filosófica.

Debería resultarnos paradójico que una de las formas de reivindicar la filosofía y acercarla a la calle sea sacarla de las aulas. Y más chocante aún que necesitemos actividades ajenas a los centros para ceder el protagonismo a aquellos alumnos que destacan por su talento y por su capacidad de ofrecer argumentos y razones. Y es que la Olimpiada Filosófica consiste precisamente en esto: reunir a alumnos interesados en el mundo de las ideas, y dejar que sean ellos los que enseñan a los demás, los que demuestran que también elaboran sus ideas y escriben textos brillantes.

El desarrollo de la Olimpiada bien podría ser calificado con un sustantivo permanente: sorpresa. Todo arranca un viernes por la mañana, en el que los alumnos provenientes de diversos centros suelen abarrotar el salón de actos que la Universidad de Valladolid o la Universidad de Salamanca ponen a su disposición. Asisten entonces a la conferencia inaugural de la Olimpiada, que suele correr a cargo de pensadores relevantes como Fernando Savater, Fernando Vallespín o, como en la presente edición, Adela Cortina. Y la sorpresa suele aparecer al final: cuando se pregunta a los que han podido escuchar la conferencia su parecer al respeto. Es inevitable que haya quien se ha aburrido soberanamente, pero no son pocos, ni muchos menos, los que dicen haber disfrutado con las ideas que se han presentado y discutido. Más aún: habitualmente son los propios alumnos los que plantean preguntas al finalizar la conferencia. Algo que debería darnos a todos algo que pensar: si nuestros alumnos pudieran acceder más fácilmente a los grandes pensadores del panorama español quizás tuvieran más interés. Otra cuestión es que el sistema organice este tipo de ofertas culturales destinadas para adolescentes y jóvenes.

Tras una breve pausa, llega la segunda sorpresa de la mañana: resulta que nuestros alumnos, en contra de los diagnósticos más funestos de la educación, piensan. Y son capaces de demostrarlo en público. Es el momento del debate. Dos centros educativos de la comunidad se prestan a poner sobre la mesa los argumentos más relevantes del tema que se discuta. Un asunto que, frente al prejuicio común, no es el equipo de fútbol revelación o la cantante que está rompiendo las listas de ventas. En los años de rodaje que llevamos, hemos visto a los alumnos discutir en torno al esencialismo y el fenomenismo, el origen natural o cultural de la violencia y la necesidad de renovación de la democracia. Se trata de temas nada secundarios en la historia del pensamiento, y con una relevancia más que notable en nuestros días. No vamos a negar que los alumnos carecen en ocasiones del rigor y la erudición de los especialistas, pero cuentan a su favor con una cierta frescura y desparpajo, tanto a la hora de explicarse como de replicar a sus compañeros. En la aún corta experiencia se demuestra que el debate suele despertar mucho interés entre los asistentes. No ya sólo entre los compañeros de los “valientes” que se atreven a subir al estrado a defender sus ideas, sino también entre aquellos que, sin “sentir los colores”, disfrutan viendo cómo jóvenes iguales que ellos argumentan, critican y rebaten.

Con esto, completamos una jornada inicial que siempre ofrece, ya por la tarde, una visita cultural y que es la antesala de la celebración de la final. Al principio de la mañana, se plante un ejercicio relacionado con la temática de la Olimpiada. Un texto clásico o uno de actualidad, incluso extraido de la prensa, nos sirven para impulsar la reflexión de los finalistas y también para recordar que la filosofía es algo vivo. Superados los nervios iniciales, los alumnos dan lo mejor de sí en la elaboración de sus ensayos, que después son leídos y filtrados por un equipo de profesores que selecciona los tres mejores. Es entonces cuando la Olimpiada llega a su punto álgido: los autores de estos ensayos leen públicamente sus textos y contestan las preguntas que les formula un tribunal de profesores. No se valora por tanto únicamente la capacidad de elaborar las ideas por escrito, sino también el valor de defenderlas en público, respondiendo incluso a posibles objeciones que pueden plantearse. Quizás no sea exagerado decir que para alguno de los finalistas es la situación de mayor nerviosismo por la que han pasado hasta ese momento.

 Tras este recorrido por lo que es la celebración de nuestra Olimpiada, mi conclusión se ve obligada a volver al principio: Nuestros alumnos saben pensar. No es verdad que todo sea fracaso escolar. No es verdad que toda la juventud esté entregada a hábitos y ocios destructivos. No es verdad que nuestros alumnos de bachillerato pasen de todo y no tengan interés por la cultura. Y tampoco hay que caer en el idealismo: ni todos los alumnos ni toda la juventud está representada en nuestra Olimpiada Filosófica. Pero lo que sí se puede afirmar sin temor a equivocarse es que el futuro de la filosofía y del pensamiento está asegurado si nos detenemos a escuchar lo que nuestros alumnos tienen que contarnos y si convertimos la filosofía, y por qué no nuestras clases, en un diálogo fructífero, en el que todos nos pongamos al día en el mundo de las ideas y su importancia y aplicación en el presente. Esto nos convierte en seres más despiertos, más ávidos de pensamiento y de cultura. Esto nos humaniza, y qué duda cabe que una buena muestra de humanismo es la que se destila en la Olimpiada Filosófica de Castilla y León cada año, justo al borde de la primavera. Allí renace y florece el pensamiento, como ocurre también en la naturaleza.

Posted in: Conceptos básicos, Incorporaciones, Noticias     (0 comments)

Comparte tus reflexiones

*